Hace unos días viajamos a Madrid en el AVE y observando por la ventanilla me encontré con una imagen espectacular de los campos nevados en un punto entre Zaragoza y Guadalajara, y disparé la cámara y como resultado una mezcla de ese manto blanco con la velocidad de nuestro viaje.
Recuerdo con nostalgia aquellos viajes en los que podías contar a su paso los árboles y detenerte en las nubes e imaginar mil y una formas, supongo que es el progreso.
Eso sí aprovechamos mucho el fin de semana y al regreso la oscuridad de la noche me invitó a soñar con aquellos viajes tan entrañables.
Un paisaje fantástico, aunque efímero y fugaz. La velocidad de la vida, hace que perdamos la visión de los pequeños detalles, aquellos que después añoramos con los años.
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